Descripción
Una de las artistas más trascendentales en la pintura del siglo XX, lo es Frida Kahlo. La singularidad de su quehacer, y de su vida, ha marcado notoriamente el arte posterior, de tal suerte que para muchos artistas rendirle homenaje o reinterpretarla, ha sido una tentación ineludible. No es de extrañar entonces que entre la galería de artistas influyentes representados por Michel Acosta, se encuentre por supuesto, esta extraordinaria mujer.
Su rostro, tantas veces pintado por ella misma, es icónico: sus cejas, sus labios, su peinado y su forma de vestir. Sin embargo, en este primerísimo primer plano, Michel Acosta pone su acento en la fuerza de esa mujer símbolo de resiliencia que vivía resuelta en su circunstancia: “No estoy enferma, estoy rota, pero estoy feliz de vivir mientras pueda pintar” .
Su Frida trae tonos grises y violáceos, luces enfáticas; y flores delicadísimas: “Pinto flores para que no mueran”, decía la pintora mexicana, para quien éstas eran símbolos de vida, fertilidad y belleza. Y “Flor de acero”, llama Michel a su interpretación de Frida.
Es esta, sin dudas, la Frida de Michel Acosta: una Frida que nos interpela con su mirada, se impone con sus labios rojísimos y nos envuelve con una presencia tan trasgresora como ella misma, en un retrato poderoso que capta la autenticidad, la fortaleza, la pasión y la no menos grandilocuencia de su personalidad.













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